—La casa se vende esta misma semana —dijo después del servicio—. No tiene caso dejarla juntando polvo.
Santiago apretó los puños.
—Era su hogar.
—Era un inmueble. Y ahora por fin servirá para algo.
Antes de que Santiago pudiera irse, un abogado de cabello canoso se acercó con un maletín viejo, de cuero gastado y broches opacos.
—¿Usted es Santiago Andrade?
—Sí.
—Soy el licenciado Arriaga. Don Ernesto dejó instrucciones notariales muy claras. Esto es para usted. Sólo para usted.
Santiago tomó el maletín. Pesaba más de lo esperado.
Raúl lo vio y cambió de cara.
—¿Qué es eso?
—Un objeto excluido de la sucesión —respondió el abogado.
—¡Eso pertenece a la familia!
—Su tío decidió lo contrario hace años.
Raúl se acercó tanto a Santiago que casi le escupió al hablar.
—No te emociones. Lo que sea que ese viejo te haya dado, lo voy a recuperar.
Santiago sostuvo el maletín contra el pecho y, por primera vez en 12 años, sintió miedo de abrir algo que venía de su amigo.
Lo que no sabía era que dentro no había una herencia cualquiera, sino una verdad capaz de partirle las manos de temblor…
PARTE 2
Santiago dejó el maletín sobre la mesa de la cocina como si fuera una bomba.
Lucía llegó del trabajo poco después, todavía con el uniforme de la clínica y el cabello recogido. No preguntó nada al principio. Sólo vio los ojos de su esposo, el cuero maltratado del maletín y el modo en que él no se atrevía a tocar los broches.
—Ábrelo —dijo con suavidad.
—Raúl dijo que lo va a pelear.
—Raúl también quiso vender la casa antes de que terminaran de enterrar a su tío.
Eso fue suficiente.
Santiago abrió los broches.
No había fajos de billetes, joyas ni escrituras escondidas. Había sobres. Decenas. Cientos. Todos ordenados por fecha, amarrados con listones viejos. También había 2 álbumes de fotos, una libreta de pasta café y una carta sellada con su nombre completo: Santiago Andrade.
El primer sobre decía: Domingo, 14 de octubre de 2012.
Santiago tragó saliva. Era el día en que ayudó a don Ernesto con las bolsas.
Leyó en voz baja.