Entró a la casa con las bolsas. Olía a madera antigua, café soluble y medicinas. Don Ernesto le pidió que se sentara “sólo 5 minutos”. Esos 5 minutos se volvieron casi 1 hora. Le habló de su esposa Teresa, fallecida hacía años, del barrio cuando todavía había terrenos baldíos, de los niños que antes jugaban fútbol en la calle sin miedo.
Al despedirse, Santiago le dijo:
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—Cuando necesite mandado, me avisa. Yo voy al mercado los domingos.
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—No quiero molestar.
—Entonces no lo piense como molestia.
Don Ernesto sonrió con una tristeza suave, como si alguien le hubiera abierto una ventana después de mucho tiempo.
Desde entonces, todos los domingos Santiago pasaba por una lista escrita con letra temblorosa: leche, huevos, arroz, frijol, pan integral, manzanas, a veces una cajita de galletas de vainilla. Al principio, don Ernesto insistía en pagarle gasolina.
—No soy limosnero, Santiago.
—Y yo no soy cobrador, don Ernesto. Ya voy para allá.
Con los años, el ritual se volvió parte de la vida. Santiago se casó con Lucía. Ella horneaba conchas, galletas o panqué de naranja y siempre apartaba una porción.
—Llévale esto a tu amigo —decía.
Don Ernesto preguntaba por ella, por el trabajo de Santiago, por si algún día tendrían hijos. A veces hablaba de Teresa. Casi nunca hablaba de su familia.
Sólo mencionaba a un sobrino: Raúl.
—Llama cuando necesita dinero —dijo una vez, sin levantar la vista del café—. O cuando quiere saber si ya pensé qué haré con la casa.
—¿Y qué le dijo?
—Que pienso seguir viviendo en ella.
Los 2 rieron, pero a Santiago se le quedó una espina en el pecho.
El domingo en que don Ernesto murió, la luz del porche seguía encendida a las 9 de la mañana. Él jamás la dejaba prendida después del amanecer. A mediodía llegó la ambulancia. Los paramédicos dijeron que se había ido dormido, en paz, a los 84 años.
El funeral fue pequeño. Demasiado pequeño para alguien que había vivido tantas décadas en esa calle. Raúl llegó tarde, perfumado, con traje caro y prisa en los ojos.