Durante 12 años, crucé la calle cada domingo para llevarle el mandado a mi vecino anciano. Creí que sólo lo estaba ayudando… hasta que, después de su funeral, su abogado me entregó una maleta vieja y lo que había dentro me hizo temblar las manos.

PARTE 1

—Ese viejo no era tu familia. Sólo fuiste el muchacho del mandado durante 12 años.

Raúl Velázquez soltó esas palabras afuera de la funeraria en la colonia Narvarte, con el celular en una mano y una sonrisa fría en la boca, como si el cuerpo de su tío todavía no estuviera a unos metros, dentro de un ataúd sencillo cubierto con flores blancas.

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Santiago Andrade no contestó de inmediato. Tenía 40 años, la camisa negra arrugada por el calor de la Ciudad de México y los ojos rojos de tanto contenerse. No había ido al funeral de don Ernesto para discutir con nadie. Había ido a despedirse del hombre que durante 12 años lo esperó cada domingo con café de olla, pan dulce y una silla vacía frente a la ventana.

Todo había empezado cuando Santiago tenía 28 años y acababa de mudarse a esa calle tranquila, pensando que sólo se quedaría ahí 2 años. Una mañana de domingo, mientras sacaba la basura, vio a don Ernesto bajando con dificultad unas bolsas del súper desde la cajuela de un Tsuru viejo. Una bolsa se rompió, los jitomates rodaron por la banqueta y el anciano intentó agacharse con una mano en la cintura.

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Santiago cruzó sin pensarlo.

—Déjeme ayudarle, don.

—No hace falta, joven. Todavía puedo.

—Sí puede, pero no tiene por qué hacerlo solo.