Siempre pensé que cumplir ochenta años significaba que la vida ya no tenía más sorpresas que ofrecerme. Que a esa edad uno simplemente contaba los días con paciencia, revisaba viejos álbumes y esperaba que la memoria fuera amable con los recuerdos que quedaban. Pero me equivocaba. Estaba tremendamente equivocado.
Un cumpleaños en silencio
La noche de mi octogésimo cumpleaños, estaba sentado solo en la mesa de la cocina, frente a un pequeño cupcake y una vela que casi olvido encender. Mi esposa, Margaret, había fallecido veintitrés años atrás. Habíamos compartido treinta y cinco años maravillosos juntos, aunque nunca tuvimos hijos, por más que lo intentamos y lo soñamos. Desde su partida, la casa se había vuelto un lugar dolorosamente silencioso. Cada habitación guardaba recuerdos, pero ninguno de ellos podía responderme.
Esa noche, buscando algo en una vieja caja de fotografías, encontré una imagen que me detuvo el corazón. Era Evelyn. Mi primer amor. Estaba parada junto a un lago, sonriendo mientras el viento le revolvía el cabello, con una mano sosteniendo su falda como si intentara no estallar en carcajadas. Aun después de sesenta años, todavía podía escuchar esa risa en mi mente.
Habíamos sido jóvenes, tercos y estábamos convencidos de que teníamos todo el tiempo del mundo. Hasta que un malentendido lo cambió todo. Nos separamos y nunca volvimos a encontrarnos. Con la fotografía en la mano, susurré para mí mismo: «Me pregunto cómo estará ella».
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